El Observatorio

El Observatorio Iberoamericano de la Democracia pretende ser una respuesta seria, reflexiva y de largo aliento a un momento de transición global, que no es exclusivo de la experiencia iberoamericana, y en el que las causas de la crisis de cambio de la experiencia democrática no son patrimonio exclusivo de sector político o ideológico alguno.El fenómeno de la mundialización o globalización en curso, visto desde la perspectiva de la  democracia y de su preservación en el orden interno de los Estados, suscita dos tendencias ambivalentes cuya resolución extrema, en uno u otro sentido, hace peligrar el clima de libertades, el aseguramiento universal de los derechos humanos y el sostenimiento del Estado de Derecho, tal y como las hemos entendido hasta nuestros días.Unos afirman que dicho fenómeno o proceso atenta contra la idea del autogobierno del pueblo y que la misma noción de la democracia se opone, así, a toda forma de injerencia o sobre posición externa de las élites globales; y quienes estos afirman, en contrapartida, intentan recrear la realidad internacional del período anterior a los dos guerras mundiales del siglo XX. Otros, por el contrario, advierten que el repliegue hacia lo autóctono y el enclaustramiento doméstico: las “patrias de campanario” de las que hablara Miguel de Unamuno en 1901, sea por alegadas razones de soberanía o de seguridad, ora de preservación cultural, nacional o religiosa, afecta el pluralismo que es esencia de la democracia; pues a la propósito de aquél se rechaza al extraño mediante la fragmentación de los espacios políticos, la promoción de la intolerancia, y la exclusión de lo extranjero.

Lo único cierto, sin embargo, es que en el medio de ambas tendencias cuenta un denominador común: la probable crisis terminal o de conversión del Estado nación y de la misma idea de la ciudadanía democrática, tal y como los hemos conocido durante la modernidad y a partir de las grandes Revoluciones del siglo XVIII y XIX, junto a la reivindicación de las ideas de la dignidad humana y de la Humanidad totalizante.

De allí que no deba sorprender, entonces, la debilidad estructural e incapacidad de reacción que acusan hoy las clásicas correas de transmisión de la cosa pública, los poderes estatales (en lo nacional y en lo regional) y, en lo particular, los partidos políticos como mediadores de la sociedad civil en cuanto a lo interno, y en lo internacional, la evidente parálisis e ineficacia que afecta a los propios organismos internacionales para el cumplimiento de sus misiones básicas, en particular aquellos encargados de la protección de los derechos humanos y las libertades fundamentales, en suma, de la tutela colectiva de la democracia; todo ello, en un ambiente generalizado de creciente valorización de los derechos de la persona humana.

Junto al crecimiento exponencial de las llamadas “cláusulas democráticas”, que los organismos multilaterales tradicionales o los de integración regional o de cooperación económica y financiera promueven e insertan en sus tratados fundacionales a título de exigencias para el despliegue de sus  efectos normativos,  a la par, como ocurre en el caso paradigmático de la OEA y de  la Carta Democrática Interamericana, se muestran impotentes para hacerlas valer en plenitud. Y al efecto, sus Estados miembros oponen como excusa los principios de la No intervención en los asuntos internos como de libre elección y desenvolvimiento político, cultural y económico por parte de aquéllos.

Las consecuencias no se hacen esperar.

La Globalización medra en espera de las categorías constitucionales o supra-constitucionales que aseguren su gobernabilidad y dirección, sin que las alcance todavía y a pesar del esfuerzo que en tal orden adelanta v.g. Naciones Unidas, no sin graves dificultades. En tanto que, en el viejo espacio de lo nacional o interno, dada la disolución o anomia de nuestras sociedades – “sociedades sitiadas” en espera de ver renovado o refundado el sentido de la ciudadanía democrática – tampoco se advierten mayores avances. Como  parece, en la emergencia, dada la presión e inmediatez que impondría la defensa de sus estándares ante quienes pretenden deteriorarlos, ni los actores políticos ni las élites se ocupan de imaginar las iguales y nuevas categorías constitucionales que ordenen e interpreten, adecuadamente, la fenomenología histórica de crisis y de cambio que acompaña a la experiencia democrática.

¿Acaso los elementos esenciales de la democracia representativa o los componentes fundamentales de su ejercicio, en suma, los estándares democráticos y de la república liberal, cabe entenderlos para lo sucesivo en los mismos términos que los imaginaran los padres fundadores durante la revoluciones americana, francesa, o gaditana?

El espacio social y político, interno e internacional es, por ende,  propicio para el tráfico de las ilusiones, en otras palabras, para la instalación en la coyuntura de los imaginarios, de los mesianismos, de los populismos, del personalismo autoritario en otras palabras, y lo que es más grave, facilita la manipulación de la democracia por los enemigos de la democracia, con vistas al vaciamiento de sus contenidos permanentes y mediante el uso de los mismos mecanismos que provee la democracia.

A la luz de lo invariable, que desborda a las experiencias estadales y políticas conocidas, con vista de los peligros anteriores y en curso, no cabe duda  en cuanto a que sólo podrán ser resueltos los graves problemas de institucionalidad que nos afectan, y los de orden económico y social que se agravan por ausencia o debilidad de ésta, dentro de los odres de la democracia. Cabe, sí, un esfuerzo de reinterpretación y de adecuación de sus estándares a las realidades más fluidas, más vinculadas al tránsito corriente desde la Edad de la explotación del hombre y de la materia conocida hacia la Era de la velocidad, de la virtualidad o vértigo en cierne, que en nada se asemeja, cabe repetirlo, al tiempo que le diera forma a las ideologías políticas de nuestra contemporaneidad.

¿QUÉ SOMOS?

¿QUIÉNES SOMOS?

¿DÓNDE ACTUAMOS?

NUESTROS OBSERVADORES